Diarios íntimos

 

Empiezo el año el mismo día que empiezo a escribir un diario. Me atrevería a afirmar que toda niña pequeña en algún momento de su vida ha escrito sus días, o al menos lo ha intentado. Escribo diarios desde que aprendí a escribir y años más tarde, al releerme, viajo a sitios donde ya no puedo regresar. Vuelvo a estar en el piso de Gal.la Placídia escribiendo en el suelo del salón; Carlota me mide la altura trazando una línea en la pared del cuarto de la lavadora; de nuevo me encuentro en casa de los abuelos comiendo pan con mantequilla y mirando Tom y Jerry. Abrazo la ternura, siempre hay que abrazar la ternura porque es lo que nos salvará de la barbarie.


Primer cuento

Lunes 14 de mayo: Esta mañana me he puesto melancólica. Los domingos siempre son raros. He limpiado el váter, cambiado las sábanas y regado las plantas. La música de Stromae me ha acompañado todo el día. Aún huele a lejía y pan tostado.

Jueves 5 de julio: Hoy escribí, escribí, escribí… Me he encontrado una antigua carta que recibió mi madre, escrita por la tía de cuando vivía en Nueva York. Decía así: “Jo belle, qué ganas tengo de ser mayor y pasarme los días de jubilada de tu mano. te echo insoportablemente de menos. Besos!!

Martes 29 de diciembre: Nada. He existido.


Carta

En su modelo dramatúrgico Erving Goffman recurría a la metáfora de que el mundo es un teatro, y las personas somos los actores. Todos tenemos distintas caras sociales, interpretamos diversos roles para hacer posible la vida social. Existe la Nàdia que está en las comidas familiares, la Nàdia de la uni, la Nàdia que está en casa, la que se sienta en la terraza del bar para hablar con sus amigas, la que omite ciertas informaciones cuando habla con sus abuelos, la Nàdia de la clase de baile... ¿Cuál es la verdadera? Todas. Y a la vez solo hay 1: la que se revela cuando nadie mira. La que no está sujeta a la mirada externa, la que no está en el punto de mira, la que no interpreta el papel en ninguna función. El telón solo baja cuando estamos a solas y por ese motivo un diario es un refugio, un iglú, un hogar seguro donde nos desprendemos de la máscara… donde se alcanza una conversación verdadera.

Es un espejo, 
un confesionario, 
una tumba. 

La punta del iceberg es nuestra cara visible, lo que somos en nuestro día a día: las conversaciones que tenemos, los viajes en transporte público, cómo actuamos, lo que nos gusta y lo que no nos gusta, los rasgos más marcados de nuestra personalidad. Pero la base del iceberg, la llamada “prolongación sumergida”, lo que no se ve… es muchas veces desconocida incluso para nosotras mismas. 

Escribir un diario es sumergirte en el mar haciendo apnea, hacer una excavación arqueológica y retirar cuidadosamente capas de tierra de nosotras mismas. Cuando descubres los objetos, cuando relees un diario pasado un tiempo, descubres restos que muchas veces habían caído en el olvido. Al encontrarlos, los fechas, revives la historia y la entiendes. Pero para hacerlo hay que remover la tierra. Escribir un diario exige disciplina, honestidad. Y leerlo exige coraje. Coraje para mirarte a los ojos, para curar con agua de mar la herida, para abrazarte o hacer frente a la temida pregunta: ¿Quién soy cuando nadie mira? 


Excavar, excavar, excavar


Encontrar nuestros diarios y releerlos al cabo del tiempo nos provoca un efecto similar al de la magdalena de Proust, nos evoca automáticamente a momentos pasados, desata una marea de emociones. La magia del diario reside en escribirlo por el mero hecho de disfrutar haciéndolo, lo que es extraordinario en un mundo instrumentalizado, donde toda acción tiene que ser puesta en práctica por tal de alcanzar un objetivo o meta. Aun así, en la historia de la literatura muchos diarios han sido publicados y aclamados por el público y la crítica, prueba de ello libros como “El diario de Virginia Woolf”, “Diarios de Franz Kafka”, “Diarios íntimos de Teresa Wilms Montt”, “Diario de Frida Kahlo: un íntimo autorretrato” o el reconocidísimo “Diario de Ana Frank”. Y es que un diario no solo retrata el día a día de una persona, sino también el momento que ocupamos en la historia, una época histórica determinada. Al escribir estamos siendo testigos sin darnos apenas cuenta de ciertos acontecimientos, costumbres, hitos… que los sociólogos e historiadores estudiarán en el próximo siglo.

Muchas veces sentimos que no tenemos nada que contar, que el momento presente no es interesante. ¡Pero lo es! Con el tiempo nos olvidamos de lo que vivimos, de los detalles, del día a día. Imagínate la ilusión que te haría encontrarte ahora un diario que escribiste en 2018, con la lista de la compra, contando cómo te sentías, qué te pasó tal día como hoy, ese "café sin importancia que hiciste con esa amiga", qué comiste, con quién hablaste… ¡Con el paso de los años lo ordinario se convierte en algo magnífico! 

Un diario es un retrato del presente, una máquina del pasado, una carta al futuro. 

Escribiendo nuestros días congelamos el tiempo y, sin darnos cuenta, hacemos que la memoria persista. 


Escribir es recordar


 


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