Scorpio Angel: "Me he pasado 3 meses bailando sin ver el sol"
Retrato de Barcelona vol.I
Me adentré en el mundo de la noche con la intención de hacer este reportaje y mostrar la cara B de un oficio tan controversial, prejuzgado e intrigante como es el de ser striper. Desde niña me picaba la curiosidad cuando, andando por Barcelona, veía sus locales desde fuera:
Carteles de neón, seguratas con chaquetas negras, mujeres con vestidos y tacones fumando al lado de la puerta blindada.
Solo se podía ver la superficie, la cara visible del club por fuera, revelando al exterior solo una parte de la historia.
¿Qué había al otro lado? El secreto.
No fue hasta hace unos meses cuando, para hacer este reportaje, atravesé la puerta blindada, bajé las escaleras y vi las barras relucientes, también las colillas en el patio interior y, con todo ello, descubrí la otra parte de la historia. La belleza de las imágenes contrasta brutalmente, casi de forma violenta, con la voz del testimonio.
¿Qué hay más allá de la piel y las luces brillantes?
Anna no es bailarina pero baila. Anna va a comprar tangas y sujetadores lenceros al Tezenis. Se siente más cómoda desnuda que con ropa. Anna no se llama Anna por las noches. Anna a medianoche se convierte en Otra.
Anna tiene un alterego que es su amiga y enemiga a la vez. La que se siente pletórica por ganar dinero y la que llora en los baños del camerino cuando acaba el turno.
Anna
Anna
Anna...
Empezó a ser striper al llegar a Berlín y se convirtió en ScorpioAngel.
Hoy quedo con Anna. Ando hasta Arco de Triunfo y la paso a buscar por la estación de metro. Va vestida con un abrigo de leopardo de pelo, un body ajustado granate y un cinturón enorme. Labios rojos y un, dos, tres… siete tatuajes visibles. Nos pedimos un café y empezamos a hablar. Me cuenta su experiencia viviendo y trabajando en un club de Berlín.
“En Barcelona trabajaba en una panadería y el primer día mi compañera me dijo que era demasiado guapa para trabajar allí. Por la noche, al llegar a casa, me compré unos zapatos por internet y un vuelo de avión a Berlín. Empecé a ser striper porque no tenía dinero y estaba perdida. Mi trabajo se basa en ser un objeto para los hombres y mi experiencia en Berlín, donde empecé, fue depresión y felicidad a la vez, mucha confusión. Aún no sé cómo me siento al respecto o si estoy orgullosa. A veces me parece bien y otras me siento una mierda. No quiero que esto sea un reportaje guay ni dar información sobre este trabajo porque todo desde fuera es muy bonito, pero una vez dentro la película es otra completamente distinta».
Me cuenta que estuvo en Berlín tres meses, que alquiló una habitación y sin haberlo hecho nunca aprendió el oficio.
"Yo sabía perfectamente dónde me estaba metiendo. Trabajar de noche, drogas, horarios horribles, prostitución... no es un trabajo fácil. No te llueve el dinero del cielo. Yo me paso toda la noche trabajando y agota mental y físicamente. Es un mundo oscuro que está muy romantizado por famosas que nunca han estado dentro de la industria. Queda muy bonito en el videoclip de Lana del Rey o Shakira o en las canciones de Rihanna, Badgyal y todas las que lo nombran, pero obviamente esa no es la realidad".
Me cuenta varias anécdotas y yo las escucho intentando que no se me note la sorpresa.
"Había tíos que pagaban 50€ por tocarme una teta”. Me dice. “Aunque también les bailaba, hablaba con ellos y los llevaba a los privados, que es donde se saca la pasta. Una noche acabé con mi amiga en un hotel con un ruso. Una suit de esas con jacuzzi, ¿sabes? Nosotras le bailábamos y le dábamos coca cada vez que se empalmaba. 500 pavos soltó aquella noche y ni siquiera nos lo tiramos”.
También me relata el corto pero intenso romance con otra striper porque “casi todas las que trabajan en esto somos bolleras”. Se incluye. Me cuenta su truco, casi como un secreto, diciéndome que se llena de purpurina antes de ir a trabajar para que las mujeres de los infieles se den cuenta. "Las mujeres siempre se merecen algo mejor —me dice—, por ejemplo otra mujer".
Cree en la magia, en lo místico, tiene altares en su casa: candelabros con colgantes egipcios colgados, perfumes, perlas y rosarios, amuletos, monedas con la Venus, un escorpión disecado, pétalos de rosas. A pesar de que me lo diga eso yo ya lo sé porque antes de quedar con ella la busqué en redes y me aparecieron muchísimos vídeos donde mostraba sus rituales. Especialmente era conocida por hacer amarres, tener un jardín de rosales precioso y regar sus plantas con sangre menstrual. Asombroso todo lo que pude saber de ella antes de conocerla solo por lo que compartía con sus más de 500 mil seguidores.
La tengo delante pero sé muchas de sus confidencias, como que ama Granada, cree en Dios y se le murió la madre cuando era una niña. No pregunto nada acerca de eso, pero a medida que pasa la tarde ella me lo explica.
Me dice que en el club donde trabaja en Barcelona buscan una fotógrafa, que me dan permiso para ir al día siguiente a las cinco de la tarde, cuando aún está cerrado, para tomar las fotos para mi reportaje. Al salir del bar la acompaño a comprarse un cruasán porque tiene hambre y nos vemos al día siguiente, esta vez en un local bajo tierra.
Atravieso la puerta blindada. Ni como trabajadora ni como clienta: como infiltrada. Bajamos unas escaleras pegajosas y aparecemos en una sala oscura repleta de sofás, plantas de plástico, focos de colores y barras elevadas por podios. Suena Rihanna y hay una larga barra llena de bebidas alcohólicas de todo tipo, aunque Anna se pide un zumo de naranja Granini y me enseña el camerino: taquillas de instituto, zapatos de tacón de todo tipo, la pintura de las paredes saltada, grandes espejos, sillas de plástico... Mientras bebe su zumo me confiesa que muchas noches tiene que emborracharse para aguantar.
Coloca el abrigo, una gran bolsa con ropa y otros objetos encima de la mesa. Procede a enseñarme lo que hay en su "bolso de striper", como ella lo llama.
-Pintauñas -Toallitas húmedas -Ibuprofenos
-Dinero -Joyas -Perfume -Chicles
Se desviste ante mí, sin ningún tipo de pudor, y me pide consejo sobre qué body ponerse: el rojo o el de rejilla. Me enseña sus zapatos transparentes, altísimos, de tacón de aguja. Se sienta en el suelo y se los pone para luego volver a levantarse y sacar el estuche del maquillaje. Se empieza a poner colocrete mientras se mira en el espejo.
Saco la cámara y tomo las primeras fotografías.
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