Sputnik, mi amor

No recuerdo la primera vez que escuché hablar de Murakami, pero sí de cuando leí Tokio Blues en el instituto. Un libro que ahora recuerdo difuminado, curioso, pero extraño. Hace poco menos de un mes hice caso a la recomendación de N y me compré Sputnik, mi amor en La Central del Raval. Y hoy escribo sobre él.

Me gustó desde un primer momento porque Susmire, la protagonista, tiene una gran pasión por escribir. Toda su existencia gira alrededor de 1 único deseo: ser novelista. Aunque su vida es contada desde la mirada de su mejor amigo, del tercer sujeto que narra la historia con la honestidad y transparencia de la que solo se puede gozar cuando no se habla de uno mismo.

 


Susmire escribe, escribe, escribe. Me gusta considerar la escritura como un ejercicio arquitectónico, la acción de pelar una alcachofa hasta llegar al corazón. A la hora de escribir se arroja un bumerang, pero el que retorna no es el mismo que se ha arrojado. 

No es hasta que la protagonista conoce a Myû, una mujer diecisiete años mayor que ella, que se enamora perdidamente y deja de tener ese don tan innato. Siente el amor por Myû como una estampida, como un tornado, una manada de caballos galopando en el pecho. Y pasa a llamarla Sputnik, mi amor, lo que da título a la novela.

El Sputnik fue en realidad el primer satélite artificial lanzado al espacio en 1957 por la Unión Soviética. Sputnik en ruso significa “compañero de viaje” y la protagonista hace referencia a Myû con ese nombre en numerosas ocasiones. Su significado cobra tanta vida que se materializa cuando emprenden un viaje juntas por Europa, pasando una larga temporada en una isla de Grecia.



Dio la casualidad que hace dos veranos estuve con mi amiga en la misma isla, que bautizamos como la cuna de los gatos. El uso recurrente de estos animales en la obra, una imagen icónica en las novelas de Murakami, puede conectarse con simbolismos como el misterio y la conexión con el mundo espiritual. A lo largo del libro aparecen constantemente imágenes surrealistas que me recuerdan a las obras de la artista Leonora Carrington ya que, como se cita textualmente en la novela, “una verdadera historia requiere un bautismo mágico que conecte este mundo con el otro”.

Aún siendo su pasión más genuina, desde Susmire se enamora de Myû no puede escribir, a lo que su amigo la tranquiliza diciéndole que eso puede estar pasándole porque se está encuadrando a sí misma en una nueva ficción en la que no conoce el género, el argumento o el estilo, únicamente el nombre de la protagonista. 

Algo similar pasa actualmente con la aparición de nuevos términos en redes sociales como el síndrome del maincharacter, ser el protagonista de tu propia vida. Se trata de hacer el ejercicio de poner el foco en ti mismo, guionizar y protagonizar tu día a día como si fuera una película y romantizar lo que te pasa hasta convertirlo en lo que podría ser una escena cinematográfica.

Por ejemplo, podrías sentirte el maincharacter si te pusieras a leer un libro en el vagón del metro, si andaras por la calle con cascos como si estuvieras dentro de un videoclip o si fueras a una cafetería a escribir tus libretas. ¡Esa es la vibra del maincharacter! Sentir que estás dentro de una película, que si grabaran lo que estás haciendo saldría una escena cojonuda. Y aunque no supiéramos que tenía nombre, todos lo hemos sentido alguna vez.

Según el amigo de la protagonista, que es el mismo narrador de la novela, Susmire desde que se enamora deja de escribir porque ha empezado a ser la protagonista de su propia historia y, por lo tanto, ya no necesita escribir la de los demás.


A lo largo de la novela la dualidad siempre está presente. La existencia de estos dos mundos aparentemente tan separados, pero con una frontera fina como un hilo de coser. En la historia aparecen pinceladas de las 3 emes: mágicas, misteriosas, místicas. Aparecen personajes confusos, solitarios, bizarros. Sobre todo en la figura de Myû.

14 años atrás el pelo de Myû se volvió blanco en una sola noche, perdiendo el deseo sexual y la menstruación. Pero no le cuenta a nadie lo que pasó. 14 años atrás una mitad de ella misma desapareció, existe una dualidad entre Este mundo y el Otro, dos orillas imaginarias divididas por un río como el mito de Caronte. O quién sabe, quizás tan solo sea una puerta, como aquellas que veíamos en los dibujos animados de Doraemon.



Hay un deseo latente. Soñar, soñar, y soñar… entrar al mundo de los sueños y no salir de él.

Desde aquel trágico día Myû representa la figura ausente, una habitación vacía después de que todo el mundo la haya abandonado, el sarcófago de un secreto inconfesable. Eso me recuerda a lo que me dijo un día mi abuelo, cuando era niña y esperábamos el autobús en la estación de Mataró: Los secretos son de uno, si no dejan de ser secretos.

Mi abuelo siempre fue un hombre misterioso, sonrío al pensar que podría ser un personaje de Murakami.




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