La montaña mágica
Esperando mi nacimiento papá está en la sala de espera del hospital con una birra, un cigarro y una bolsa de Haribos en el bolsillo. En la tv hay anuncios de teletienda de un aparato que te masajea los pies, que nunca comprará a pesar de estar en oferta. Mamá no siente ni una contracción. La tía aterriza en Barcelona después de un vuelo transatlántico y la abuela prepara bocadillos de jamón serrano mientras llama a la vecina para que le cuide al perro mientras esté fuera.
Hasta que llegara el momento de irme me dedicaba a pasar los días leyendo, recorriendo la ciudad de arriba a abajo yendo a conciertos, bares y teatros con mis amigas, también con Georgi pasábamos las tardes sentadas en un banco hablando y viendo la gente pasar. En casa hacía tratos con mi hermanastra y utilizaba su inocencia en mi beneficio. Dejaba que mirara Youtube con mi móvil por las noches a cambio de un modesto masaje en los pies o que lavara los platos cuando era mi turno. Me comía sus guisantes para que estuviera contenta y me dejara poner a mí la música en el coche o le dejaba mi champú a cambio de que luego recogiera ella los pelos de la ducha. Ese tipo de cosas, nada grave. Ella me admiraba y por lo tanto me regalaba trozos de papel con mi nombre escrito en lettering, algo que yo detestaba en secreto pero que aun así colgaba en el corcho de mi habitación. Me asombraba su inocencia, el no darse cuenta de que era una niña guapísima, de no importarle en absoluto cómo tenía el pelo, si se manchaba o no el jersey o si iba a la moda. Apenas se miraba en los espejos y cuando aparecía con vestido, mallas y bambas del Decathlon lo único que podía sentir yo era admiración porque eso ponía en evidencia que yo, a pesar de ser como ella, hacía años que había caído en la trampa. De vez en cuando me pedía que la abrazara.
¿Me abrazas?
Y yo me giraba para hacerlo aunque seguía sorprendiéndome cuando me decía te quiero.
Debido a su corta edad y falta de experiencia tenía muy poca vista. Aparecía en los momentos menos indicados y cortaba conversaciones a mansalva, acrecentando la tensión con preguntas como ¿de qué estabais hablando? o ¿desde cuánto hace que estáis calladas? A veces hacía cosas bastante molestas como comer palitos mientras estaba sentada en la taza del váter o no recoger su plato después de merendar, pero era una buena niña y acabé cogiéndole cariño. Tenía miedo a la oscuridad y dos o tres veces por semana, a la hora de la cena, me preguntaba si podía dormir conmigo. Era muy lista porque lo hacía allí para que lo escuchara su padre y, por lo tanto, yo me viera con el compromiso de decirle que sí. Antes de dormir me interrogaba a preguntas, me contaba anécdotas y hablaba de sus compañeros de clase.
A Javier se le cae la baba. ¿Sabes ese tipo de boca que siempre está húmeda y viscosa? ¡Y no hace nada para no babear! Eso es una enfermedad, creo.
También sentía una gran curiosidad por mis romances, líos y exparejas. Sobre todo por M, me pedía que le contara detalles, me preguntaba por qué corté con él, si le quería, qué se me venía a la mente cuando pensaba en su nombre… y yo acababa agotada porque cometía el error de responder brevemente para cerrar la conversación, pero eso solo hacía que le surgieran más preguntas. Por eso de broma le decía que era como una hidra. Una vez incluso me dijo que buscaría el nombre y apellidos de M en Google para ver sus fotos, ya que Instagram aún no tenía porque era pequeña. Días más tarde antes de irnos a dormir me dijo que M era guapísimo y que era tonta por haberle dejado escapar. En ese tipo de situaciones yo me reía y le ocultaba que de vez en cuando me seguía enviando mensajes (que no respondía) porque a pesar de no conocerle, mi hermanastra parecía estar de su parte. También me pedía que le leyera mis escritos. Le encantaba que lo hiciera en voz alta antes de apagar la luz a modo de cuento y el trato era que tras el punto y final ya no se hacían más preguntas. Que mostrara ese gran interés por mis escritos me hacía sentir bien, no sabría describirlo de otra forma. Apagaba la luz y a veces ella seguía hablando, pero yo me hacía la dormida y no le respondía excepto cuando me ofrecía hacerme masajitos en la espalda, entonces sí.
Cuando supo que me iba de retiro a Montserrat, la montaña mágica, horas más tarde vino a mi cuarto para decirme que le había escrito una carta a un alienígena. Me encomendó ir a la explanada de los avistamientos el día 11 para que la dejara entre los matorrales, a la espera del elegido.
¿Sabes que allí se encuentra el santo grial?
Eso es lo que creían los nazis.
¿Y lo encontraron?
No.
También hay quienes dicen que es una montaña hueca y que en su interior hay un lago subterráneo. Prométeme que un día iremos juntas y nos bañaremos en él. ¡Prométemelo!
Se lo prometí. No pude evitar leer su carta aquella noche.
“Querido alienígena,
Mua”

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