Leche con galletas
Una vez en Malta entré a una iglesia descalza y sentí la mirada de Dios (y todos los turistas) en mis uñas recién pintadas de rojo. En un día como hoy Jesús nació y por ello todos tenemos la obligación de estar contentos. Voy preparada con sonrisa y armadura y la respuesta ya pensada para cuando me pregunten por el novio. No hay novedades y todo el mundo se va a extrañar, pensarán que soy virgen cuando en vez de leche bebo roncola y le pasaré la patata caliente a mi primo, atajando la conversación como hace mamá en el coche cuando hay tráfico y dice palabrotas. Seguiré sentada con la espalda recta. En estos días la abuela tiene el máximo protagonismo del año, se pasa tres días en la cocina y nosotros se lo pagamos con piropos como “Qué bueno que está el pollo” o “Esta vez te has superado con la sopa”. Ese tipo de cosas, ¿sabes? Miro la cara de la abuela en la otra punta de la mesa y en mis adentros doy el pésame porque asesinaron a la niña que llevaba dentro a los veinte años, cuando la obligaron a casarse con un hombre que no amaba, pero que aprendió a querer con el paso del tiempo porque no tuvo otra opción. Ahora le ata los cordones, le cose los botones y le deja preparado el desayuno, comida y cena junto a las pastillas que le tocan (es una esposa-madre). En ese momento entiendo que las mujeres meamos sentadas para descansar. Se la ve tan tranquilita cortando el pollo…. quién diría que su fantasía sexual es estar con un camionero, confesión que ella misma hizo tras unos chupitos de tequila y medio puro cuando fuimos a Cuba. Esa foto convertida en stiker permanecerá para siempre en las conversaciones de los grupos familiares. Ella me enseñó las cosas importantes de la vida, como que lo que pica cura cuando vamos al mar, a lavarme las manos antes de comer o que si te haces una cruz con las uñas sobre las picaduras de mosquito, dejan de picar. Ese tipo de cosas, ¿sabes?
De momento todos los integrantes seguimos en la mesa y no hay sillas vacías, lo que es motivo de agradecimiento y alegría. Supongo que no soy buena escritora porque nunca he tratado con la muerte, pero tengo suerte. Mis regalos este año van envueltos en papel de plata, lo aprendí el año pasado de mis primos cuando me dieron sus dibujos envueltos en periódico, sin ostentaciones ni pretensiones. La simplicidad del regalo verdadero me fascinó, envuelto sin alardeos, sin papeles de colores ni muchas capas. En estas fechas volverán a escribir los mismos de siempre, cuyas relaciones se basan en felicitarnos los cumpleaños y Navidades, también las caras teatrales al hacer ver que me hacen ilusión esos calcetines blancos que caen cada año. Con los primos dibujamos corazones en el vaho de las ventanas y en vez de árbol de Navidad hay un seto en el salón. Esta noche tendría que venir Papá Noel, pero hace muchos años ya que he dejado de irme a dormir temprano. En vez de eso pasada medianoche soy yo la que se levanta a poner el regalo de mamá debajo del árbol (seto), con la luz apagada y un leve sustito de encontrarme al viejo sentado en el sofá porque, imagina que fuera verdad. Siempre queda esa espinita, ese ¿y si es lo que creía en un principio? y miro por la ventana de la habitación a ver si veo el trineo y los renos y escucho un lejano sonido de cascabeles, pero esta noche tampoco veo nada. Aun así dejo galletas y un vaso de leche en la mesita del comedor por el mismo motivo por el que la abuela cree en Dios. Porsiacaso.


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