Estoy por borrarme Instagram


 



Nàdia Arboix


“Estoy por borrarme Instagram”, me dice una amiga justo después de publicar un instastory que ha publicado y borrado tres veces en menos de un minuto. Ha elegido meticulosamente la música, justo en esa parte de la letra que puede servirle de indirecta a su casi algo, y me ha hecho reafirmarle que sí, que la cuelgue de una puñetera vez. Me parece una conversación estúpida pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Instagram es eso, una especie de aliado y enemigo, un álbum de fotos que en vez de estar en la estantería del comedor de tu casa está en internet, donde lo puede ver todo el mundo. Y claro, ¿quién no quiere dar una buena imagen delante del mundo? La paradoja es ridícula: nos pasamos editando una foto y mirándola compulsivamente las 24 restantes que dura en la instastory para que la gente con un simple golpecito en la pantalla la pase en menos de 1 segundo. Un consejo simple y que tocará el ego, pero cierto: a nadie le importa tu vida. Por mucho que demos like a las insta stories ajenas todos llegamos a nuestra casa y pensamos en nosotros mismos, sumidos en nuestras preocupaciones del momento, ocupados en tender la ropa o pensar lo que vamos a cenar. A nadie le importa tu viaje a Maldivas, lo guapa que sales en esa foto, el pedazo tártar que te estás zampando. (Soy la primera en postear todas esas cosas). Y mi amiga aquí sigue, mirándose la cara, los detalles que inicialmente le parecían normales comienzan a destacar de manera extraña, y ve asimetrías o rasgos que antes no notaba. En plena cúspide de la saturación visual me pregunta si está bizca en la foto que hace unos minutos tanto le gustaba. No, no estás bizca, simplemente debes dejar de mirar la maldita foto. Ya no es “pienso, luego existo”, sino “posteo para existir”. Hay que exhibirse, sobreexponerse, demostrar de alguna manera que sí somos tan interesantes, tan importantes. ¿Qué hay que estar demostrando todo el tiempo? Los sitios donde vamos, con quién nos juntamos, qué hacemos…. ¿Y qué pasa con todo lo que no se publica? Simplemente es como si no existiera, como si no lo hubiéramos vivido. Esto es como un gran iceberg y las fotos que se cuelgan aquí tan solo son la punta. Ha habido veces que he hecho el ejercicio de mirar mi Instagram con los ojos de alguien que no me conoce de verdad y no sé hasta qué punto me reconozco en lo que cuelgo, es más, incluso podría caerme mal. Frívola, superficial, vanidosa. ¿Será que quizás es eso? ¿Que se junta en un mismo usuario la necesidad de dar una buena imagen y a la misma vez haciéndolo se desata el miedo de parecer tonta? Detrás de la Nàdia que se hace selfies en el espejo hay una persona que lee, que queda con sus amigas, que la caga a veces, que tiene inquietudes y le encantaría usar las redes con un propósito que tuviera algo que ver con sus intereses: periodismo, literatura, arte, actualidad. ¿Seré capaz? Vivimos en la paradoja de criticar las redes y ser los primeros que estamos todo el día enganchados a la pantallita, ya sea como espectadores, como consumidores o como ambas: prosumidores. Sería interesante que esto fuera como las tiendas de gominolas. Que cerraran a las seis de la tarde y no se pudiera volver a acceder hasta el día siguiente. ¿Se podría regular eso como prevención a nuestro poco autocontrol? Sería un sueño utópico que un día Pedro Sánchez diera una rueda de prensa anunciando que Instagram, Twitter y Tiktok permanecerán abiertos y activos de 9 de la mañana a 17hs de la tarde. Ese día haríamos una fiesta, pero como eso no va a pasar posteamos la fiesta, esta vez la nuestra, la del fin de semana. ¿Podremos contenernos? Dejar de necesitar los aplausos, los likes, la aprobación de nuestros apreciadísimos followers. Como no es tarea fácil por el momento hoy brindo por todo lo que no se comparte, por los momentos especiales que no se sacó el móvil y por todas las fotos no posteadas.


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