La mujer delfín
La mujer delfín
“Brindemos por el amor y sus fracasos, quizás podamos escoger nuestra derrota”
Nàdia Arboix
Lo primero que me dijo N. al notificarle que iba a escribir un perfil sobre ella fue simple, directo y espontáneo: “Miente”. Luego sonrió y siguió fumando su cigarrillo interminable, accedió con la cabeza y sacó de su bolsillo un mechero. Nunca ha tenido pelos en la lengua. Esa respuesta es el reflejo de su personalidad, la de una mujer decidida, segura y, como dicen sus familiares más allegados con cierta cautela, con mucho carácter. El físico va acorde: pelo azabache, negrísimo; delgada pero fuerte; con la mirada dura.
Nació el mismo año que murió Franco, 1975. Lo vive como si fuera una pequeña victoria, la primera de toda su vida. Ya de pequeña era una niña de ciencias, pues hacía experimentos con su hermana pequeña, con la comida, lo que encontrase en el momento. Y a los veinticuatro años finalizó la carrera de Biología en la Universidad de Barcelona, que se sacó compaginando trabajos y estudios, ya que los fines de semana hacía de camarera en una discoteca de Mataró. Ahora cuando habla de este trabajo lo dice con una sonrisa en los labios recordando las noches desenfrenadas con amistades, pero sin olvidar el dolor de cabeza al llegar a casa, las manos cortadas por los cristales, el limpiar el váter a las siete de la mañana. Solo por haber trabajado allí parece haberlo visto todo, que tenga un máster en sociología avanzada.
Conoció a V., su actual exmarido, a los veinticinco años. Tres meses más tarde ya estaban viviendo juntos. Doce años de matrimonio dio para mucho: un piso compartido en Via Augusta, una hija, una boda, una luna de miel en la India. Aunque siempre tuvo un amor platónico con el cantautor Ismael Serrano, ella siempre iba a sus conciertos.
“Si me dieran a elegir entre Ismael Serrano y tu padre -le decía a su hija cuando aún miraba a su madre desde abajo- Elegiría a Ismael Serrano”.
Se divorciaron años más tarde, aunque lo más cerca que estuvo N. de Ismael Serrano fue tener su firma en un CD. Tiene la extraña manía de caminar de puntillas por casa, le gusta leer en el sofá e ir a bailar sevillanas todos los miércoles con su amiga. Dice que juntas bailan las penas, que marcando la tercera recupera la alegría. Después de bailar llega a casa con otros ojos.
A los cuarenta y nueve años empezó a decir que tenía cincuenta y empezaron a aparecer en su historial clínicas estéticas e información sobre liposucciones. Nunca se operó (tampoco había nada que operar). Aun así sigue cenando espaguetis y comiendo Panteras Rosas de vez en cuando cuando celebra algo. A pesar de ser una adulta si fuera por ella se pediría el menú infantil en los restaurantes, pero no lo hace porque le da vergüenza pedirle al camarero macarrones y escalopa con patatas. Esa situación es la única donde se reconoce vergonzosa, por lo demás le da igual hacer sonar la bocina, contradecir al locutor en las comidas familiares o montar un pollo en la cola del supermercado.
N. y el mar son la misma cosa. Le apasiona el agua y todo lo que esté relacionado con ella, sobre todo los nudibranquios, esos moluscos diminutos. Se sacó el título de submarinismo cuando era joven y eso la llevó a hacer inmersiones a cuevas submarinas, a bajar 40 metros, viajar al mar Rojo. Dejó de bucear hace ya muchos años por miedo a morir. Ella, que nunca tuvo miedo a eso, de repente la idea de dejar a su hija sola se le hacía insoportable. Aun así lleva años anticipándose a su muerte ya que le dice a todo el mundo que tiren sus cenizas por el primer váter que encuentren. No es budista pero ella tiene la certeza de que se reencarnará en un delfín. Pese a ello sigue sin reciclar en casa, es de esas que piensa que luego el camión de la basura lo junta todo.
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